Un mal día para las derechas

Los últimos puntos de inflexión en la política española tuvieron lugar el 2 de diciembre de 2018 y el 13 de febrero de 2019. El pasado 2 de diciembre se celebraron elecciones regionales en la Comunidad Autónoma de Andalucía, que había estado gobernada por la izquierda desde hace décadas. En esta región, los socialdemócratas del PSOE perdieron claramente con 7 puntos porcentuales. Pese a que el conservador PP también perdió aproximadamente 5 puntos porcentuales, las elecciones andaluzas supusieron una clara victoria de la derecha. El partido de extrema derecha VOX consiguió casi el 11 por ciento de los votos en Andalucía, mientras que los liberales de derecha de Ciudadanos también subieron 9 puntos porcentuales y obtuvieron aproximadamente el 18 por ciento de los votos. Con 59 de los 109 escaños en el parlamento andaluz, PP, VOX y Ciudadanos pudieron formar una mayoría gubernamental estable. El resultado de las elecciones en Andalucía, sumado a la rápida formación del Gobierno por parte de los tres partidos de derechas, causaron una auténtica conmoción en la política española. Especialmente el joven partido de derechas VOX, que estaba en boca de todo el mundo, se esforzó por fijar la agenda política mediante una clara polarización, un nacionalismo estridente, una inequívoca xenofobia y un flagrante antifeminismo. El éxito de un partido claramente de extrema derecha también supuso una conmoción para la izquierda española.

El segundo punto de inflexión tuvo lugar a mediados de febrero de 2019. El 1 de junio de 2018, Pedro Sánchez fue elegido como presidente del Gobierno como sucesor de Mariano Rajoy tras el éxito de la moción de censura presentada, y desde entonces ha dirigido un Gobierno en minoría de su PSOE, apoyado por Unidas Podemos, el PNV y los partidos separatistas catalanes. Debido a la ausencia de mayorías políticas y a las frágiles alianzas en el parlamento, la perspectiva de unas elecciones anticipadas era evidente. Finalmente, el 13 de febrero el proyecto de presupuesto de Sánchez fracasó en el parlamento debido al voto en contra de los separatistas catalanes. Dicho rechazo era igualmente previsible, ya que esa misma semana habían comenzado los juicios contra importantes representantes del movimiento independentista catalán en Madrid. Tras el fracaso de este gobierno en minoría, se convocaron nuevas elecciones para el 28 de abril de 2019.

La dinámica nacionalista

A la vista del previsible fortalecimiento de Ciudadanos y de VOX, y teniendo en cuenta la formación del gobierno autonómico en Andalucía, comenzó a hablarse seriamente de la posibilidad de un gobierno nacional de los tres partidos de derecha (dependiendo de la perspectiva, la coalición deseada por la derecha y una seria amenaza para la izquierda) en el período preelectoral y hasta el mismo día de las elecciones generales. El conflicto en Cataluña dominó gran parte de la campaña electoral, en la que los tres partidos de la derecha se presentaron con una retórica estrictamente nacionalista, particularmente el PP, con su nuevo presidente, Pablo Casado, que dio un importante giro a la derecha y se mostró como fuerza de la extrema derecha. Sin duda, la enorme carga simbólica que el conflicto catalán ha tenido en la política española afectó a todos los partidos políticos. Esto también quedó claro en el rechazo al plan presupuestario de Sánchez en febrero de 2019. El rechazo de la propuesta presupuestaria por parte de los partidos regionales separatistas no fue un voto contra los presupuestos en sí, sino contra los procesos judiciales en Madrid. Este conflicto también pasó factura a la campaña electoral y especialmente los partidos de derecho intentaron utilizarlo en su beneficio. No fueron menos en Ciudadanos, que a nivel europeo forman parte de la familia de partidos liberales, pero en la cuestión catalana se posicionaron con un enfoque firmemente nacionalista. Especialmente en la propia Cataluña, el partido fue percibido con una intransigente fuerza nacionalista española. En este ambiente cargado, las fuerzas de izquierda como el PSOE, pero especialmente Unidas Podemos (la alianza de Izquierda Unida y Podemos), tendrán difícil ser escuchadas con un programa no nacionalista, con énfasis en posiciones sociales y democráticas, pero también abierto al diálogo con las fuerzas regionalistas. Esta situación también preocupa a las plataformas ciudadanas locales, que tendrán que demostrar sus capacidades en las próximas elecciones municipales de mayo. Estos grupos gobiernan en Madrid, Zaragoza, Barcelona y algunas otras ciudades españolas, pero es incierto que vayan a poder mantener su fuerte posición actual. Especialmente en Barcelona, el conflicto catalán amenaza con relegar a un segundo plano a la plataforma progresista y democrática de base Barcelona en Comú de la popular alcaldesa Ada Colau. Sin embargo, los resultados de las elecciones generales del 28 de abril podrían suscitar una prudente esperanza.

Derrota de las derechas, diferenciación de los campos políticos

Los resultados de las elecciones parlamentarias – cuya magnitud supuso una gran sorpresa – fueron una dura derrota particularmente para el presidente del PP, Pablo Casado, y sus intentos de apelar a los estridentes tonos derechistas de VOX. No cabe duda de que el PP se encuentra en una grave crisis de confianza a causa de algunos escándalos de corrupción y de que el mandato de Mariano Rajoy no puede ser considerado precisamente como la época dorada del PP. Sin embargo, la última derrota del partido parece ser aún más grave de lo que se creía. En las elecciones autonómicas en Andalucía, el PP ya había perdido casi 6 puntos porcentuales, retrocediendo así hasta el 20,8 por ciento. Pero en esta ocasión el partido perdió 16,3 puntos porcentuales a nivel nacional, recibiendo solo la mitad de votos y llegando únicamente a un 16,7 por ciento. Una derrota histórica, que la derecha no logró contrarrestar a pesar de las ganancias de Ciudadanos y de VOX.

Los escaños que el PSOE y Ciudadanos obtuvieron en estas elecciones darían una ajustada mayoría a estos dos partidos, pero las posibilidades de que finalmente formen una coalición no son especialmente altas. Ciudadanos se ha presentado como parte del campo político de la derecha y los conflictos políticos centrales en España sugieren una continuación de la profunda división del país en dos campos políticos fundamentalmente divergentes. Aunque los aliados europeos de Ciudadanos deseen lo contrario, los dos nuevos partidos a la derecha del espectro político, tanto Ciudadanos como evidentemente VOX, han surgido del PP y están ligados a su proyecto político. La diferenciación de los campos políticos en este país, que quizá aún no se haya completado, no ha ayudado a reducir la brecha entre «las dos Españas».

Esto último también se aplica a Unidas Podemos. Esta alianza ha perdido casi 7 puntos porcentuales, llegando así a solo el 14,3 por ciento de los votos. De esta forma, Unidas Podemos se ha convertido en el segundo gran perdedor de las últimas elecciones. En las elecciones generales de 2015 y 2016, Podemos y la alianza de ambos partidos obtuvieron resultados superiores al 20 por ciento. En 2015, Podemos casi logró el sorpasso al PSOE y, de hecho, en aquel momento se expresó la pretensión de reemplazar al PSOE como principal fuerza de la izquierda. Tales pretensiones son muy poco probables en la actualidad, pero las elecciones de 2015 y 2016 se celebraron bajo la presión de los movimientos de protesta de 2011 y 2012, de los que más tarde surgiría el propio Podemos. Izquierda Unida, por su parte, no había obtenido unos resultados electorales por encima del diez por ciento desde mediados de la década de los noventa, por lo que, aunque pueda existir una cierta decepción debido a los resultados anteriores de Podemos, el resultado conseguido es muy positivo. La excelente movilización del PSOE, que incluyó advertencias y preocupaciones legítimas ante una posible coalición de las derechas, puede haber costado votantes a Unidas Podemos, que a la vista de la situación actual prefirieron apoyar a Pedro Sánchez.

Una señal procedente de Cataluña

En estas elecciones parlamentarias ocurrió algo notable en Cataluña. En 2016, la alianza electoral conservadora y separatista de Carles Puigdemont «Junts per Catalunya» pasó a ser la primera fuerza en la citada región tras las elecciones generales celebradas en España. Este año, la alianza ha bajado hasta el cuarto puesto con solo un 12 por ciento de los votos. El partido más fuerte, con casi el 25 por ciento de los votos, fue Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que ocupará 15 escaños en el parlamento. Si bien ERC también es separatista, tiene una orientación política más socialdemócrata y podrá ser un mejor interlocutor del PSOE es cuestiones de independencia y regionalismo que los separatistas conservadores. El fortalecimiento de ERC, que podrá tener un papel importante en el parlamento español como partido regional, puede ser visto como una señal de perseverancia, pero también de la apertura al diálogo de una gran parte de la población catalana favorable al separatismo. Si Pedro Sánchez sabe leer los tiempos, los diputados de este partido podrían ayudar al campo de la izquierda y promover significativamente el diálogo entre Madrid y Barcelona. Presuponiendo buena voluntad por su parte, el resultado de las elecciones en Cataluña podría ofrecer las condiciones idóneas para ello.

Malas noticias para la derecha

La adopción y el hincapié en posiciones de derecha o populistas de derecha no ha ayudado al PP en absoluto a salir de su crisis, más bien al contrario, no ha hecho sino agravar esta crisis, que tras las pasadas elecciones ha adquirido un carácter existencial. Aunque las condiciones y las cuestiones políticas no sean en absoluto comparables, se muestra una vez más que los partidos conservadores apenas consiguen mantener su posición al adoptar principios de extrema derecha, sino que incluso puede empeorar de manera significativa. No cabe duda de que el pasado 28 de abril fue una victoria electoral para el ultraderechista VOX, pero supuso una derrota para la derecha en su totalidad. No obstante, ello no menoscaba el hecho de que la campaña electoral y el resultado de las elecciones tendrán consecuencias muy negativas para el país. El clima político y la cultura continúan envenenándose, la polarización sigue en aumento y todas las consecuencias negativas de la movilización de la extrema derecha no desaparecerán; asimismo, con un resultado de algo más del 10 por ciento, no cabe duda de que VOX ha pasado a formar parte de la vida política española. Pero, en esencia, la izquierda ha logrado una mayoría y la clave para hacerla efectiva sería la apertura al diálogo y a la compensación en la cuestión de Cataluña. Si Pedro Sánchez decidiese mostrar esta voluntad, esta sería sin duda la peor de las noticias para la derecha nacionalista española. Por lo tanto, el Gobierno de Pedro Sánchez permanecerá una legislatura más y tendrá una nueva oportunidad para abordar los problemas sociales y económicos más acuciantes del país y, quizá, para emprender un proceso constitucional que pueda responder al deseo de autodeterminación de las regiones en un proceso de federalización y una mayor democratización.

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